Jordi Pijoan-López, autor de Els àngels de Sóar, delante de la sede de ONUSIDA.

Artículo de Jordi Pijoan-López – Barcelona, julio de 2017

Recientemente, tuve el placer de ser invitado como escritor del trimestre en la Biblioteca Municipal de Campredó para hablar de Els àngels de Sóar, novela de mi autoría por la cual fui entrevistado en este mismo portal hará unos meses (http://www.muchomasqueunlibro.com/entrevista-a-jordi-pijoan-lopez/). La mesa de debate fue dirigida por Emigdi Subirats, escritor y notorio activista cultural del sur de Cataluña, quien a su vez es director del club. Como es usual, este tipo de encuentros son mucho más agradables para los escritores que las típicas presentaciones, básicamente por la cercanía que permiten en el trato con los lectores, que intervienen planteando cuestiones sobre el libro, evitando que el escritor dé su conferencia magistral y a menudo tostonazo para el oyente pero sobre todo para el emisor del mensaje, el propio escritor en este caso.

Ya más concretamente, esta mesa resultó especialmente agradable al redactor de estas lineas, ya que las preguntas y temas que surgían denotaban un interés por el tema tratado, a grandes rasgos, el comportamiento del capitalismo salvaje desde los últimos coletazos de la Guerra Fría, con el ignominioso Devil Empire de Ronald Reagan, que ha dejado de herencia este mundo tan desigual con pocos visos a solución. De esos barros vienen estos lodos. El imperialismo en la peor de sus acepciones y la colaboración de “agentes” varios para ejecutar este plan maligno: espías, falsas oenegés, gobiernos tercermundistas títeres, integristas religiosos en cruzada contra el comunismo… entre otros colaboradores, hasta llegar a las imprescindibles corporaciones de la industria alimenticia y, tratada con más ahínco en mi novela, farmacéutica. Si en algún momento mi intención fue la de transmitir un mensaje, puedo afirmar que estoy satisfecho y puedo decir que el objetivo fue cumplido.

Barcelona, inicio del viaje. Dibujo de Manuel Clavero.

Debo agradecer a Emigdi Subirats que, habiendo leído la novela a título personal, la encontrase lo suficientemente interesante como para proponerla a los miembros del club, que son los que en última instancia aprueban las lecturas que llevarán a cabo. El hecho que fuese la primera novela de género negro del club no hizo más que animarles y que el volumen fuese de más de setecientas páginas no fue un llamado a la pereza. Comento esta circunstancia no por la presunción como autor de haber escrito una obra de tal extensión, sino por una pregunta que me planteó Emigdi Subirats en referencia a la redacción del texto. Concretamente, entrando en los aspectos más puramente literarios de la obra, Emigdi me pidió que explicitase cuál había sido la estrategia, o método, o mecanismo… en definitiva, cómo lo había hecho para organizar una trama bien cerrada en un texto tan extenso, logrando que el lector no se perdiera en el camino mientras lo leía, pero tampoco yo mismo durante la escritura, sobre todo teniendo en cuenta que el tiempo empleado en ella se había dilatado tres años.

Epílogo. Final del viaje. Dibujo de Manuel Clavero.

Llegaba el momento de las confesiones, empezando por el hecho de que el primer proyecto “mental” de la novela era tanto temáticamente como en extensión, mucho más escueto. Lo que en un principio era una trama limitada al contexto del movimiento por los derechos civiles de la comunidad gay en los Estados Unidos de los 70 del siglo XX, calculando que daría de sí para materializar doscientas páginas, se fue ampliando durante el proceso de recopilación de información para contextualizar los hechos, hasta el punto que San Francisco me llevó a Haití, este país a la castigada África Negra de la post-descolonización, y de ahí a las entrañas de los Estados Unidos y a los núcleos de poder de Europa, donde se decide el destino más siniestro de la fracción mayoritaria de la humanidad depauperada.

Se multiplicó la información, pero justo los nuevos paisajes descubiertos me inspiraron sobre cuál podía ser la organización textual de todo aquello que había ido aprendiendo y que me sentía con la obligación de compartir.

Las Tres Liebres en la Iglesia de Anjeux, Francia.

Fue así que la novela se organizó en partes según la geografía por donde se desarrollan los hechos: Barcelona, San Francisco, Haití, otra vez un engañoso San Francisco que es África, Montana y Salt Lake City como la América más profunda, y para finalizar la Ginebra que es máscara de progreso y el Múnich que en otro tiempo creó monstruos que aún permanecen latentes, prestos al ataque. Cada una de las partes constituye un relato cerrado en sí que a la vez aporta elementos clave para comprender lo que vendrá a continuación, así como el secreto que encierra el conjunto de la trama.

En este sentido, se recurre a la figura retórica del viaje, en este caso sensu stricto, pero que conlleva que el viaje más importante no es el que se desarrolla sobre el suelo terráqueo, sino el que transita a lo largo y ancho de la mente. El viaje como iniciación, que abre puertas al conocimiento; a la manera que desvela uno de los malos de la novela (porque en esta novela los malos son diversos), que define a los tres protagonistas bajo el símbolo de las tres liebres, el cual remite al tránsito eterno del Sol en el firmamento, día tras día. Uróboros donde el principio acaba siendo el mismo final.

Para cerrar, la cita de Nietzche que abre con el epílogo de la novela: “El eterno reloj de arena de la existencia girará siempre de nuevo, y tú con él, mota de polvo”.

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